Rocky III

Durante el último mes de la escuela jugamos mucho pool.

Cuando finalizaba el recreo de la tarde los maestros se iban a la cantina, pero a nosotros no nos dejaban irnos a la casa, los teníamos que acompañar hasta que se cumpliera el horario de clase. Los otros grados quedaban libres, pero los de sexto debíamos recibir clases de apoyo para los exámenes del Ministerio.
 

 

Había un acuerdo con Martín, el dueño de la cantina, para que jugáramos pool o futbolín gratis durante ese par de horas.

Martín tenía unos cuarenta años y le faltaba la mano izquierda. Siempre me llamó la atención su agilidad para usar el muñón. El muñón era su mano verdadera, la que usaba para todo. Y hasta llegué a pensar en la invisibilidad de esa mano como un don o un talento que lo hacía un cantinero especial. En el pueblo todos sabíamos que la perdió a los tres años en un turno cuando intentó levantar una bombeta que estalló en el suelo. Dicen que no quedó ni un rastro de la manito. Cuando Martín se apoyaba sobre el mostrador, me quedaba mirando las líneas del muñón : eran círculos concéntricos como los del tronco de un árbol talado.
 

 

El negocio de Martín se llamaba Los Claveles. Era bar, pulpería, pool y salón de baile. Lo atendía con la esposa y sus dos hijas. Un equipo de fútbol del pueblo también llevaba ese nombre : Deportivo Los Claveles.
 

 
La canción que más escuché durante ese mes fue Eye of the tiger de Survivor y en segundo lugar Thriller de Michael Jackson. Las poníamos una y otra vez en la rocola. Con una moneda de veinte se podía elegir cuatro temas, pero siempre elegíamos los mismos. No había mucha variedad, la mayoría de los discos eran en español y nosotros queríamos escuchar música en inglés, aunque no entendiéramos ni una frase. El cantinero, los dos maestros y los pocos clientes a esa hora —Chico, Marcial, Tinaja— estaban hartos de escuchar la música de Rocky.
 

 
En ese tiempo solo había un teléfono en todo el pueblo que estaba en el mostrador de la pulpería. Era un teléfono de disco, color verde oliva. Luz, la esposa de Martín, atendía las llamadas y las anunciaba a los gritos. Había una cabina de madera y vidrio cerca de la entrada con otro teléfono verde donde la gente las recibía. Enfrente estaba el futbolín, lo cual provocaba fuertes disputas por los escándalos de los jugadores y los constantes bolazos en el vidrio de la cabina. Al lado del teléfono del mostrador había un cuaderno de recados y un cuaderno de fiado.

El mejor jugador de pool era Chisco. En las últimas hojas del cuaderno de vida armó una tabla con los nombres de nuestras compañeras : ahí anotaba la cantidad de veces que lograba verles los calzones y sus respectivos colores.
 

 
Algunas compañeras entraban con nosotros a jugar y otras preferían quedarse conversando en el parque. Era noviembre, pero ya disfrutábamos de los vientos alisios, el sol veraniego y la felicidad de las inminentes vacaciones escolares. Un mes atrás un huracán había aterrado los caminos, arrastrado los puentes y dañado las cosechas, pero ahora todo estaba tranquilo y en los patios otra vez la ropa se secaba rápido y se llenaba de insectos. La municipalidad había mandado un tractor a quitar los barrancos. Las chicharras y las bandadas de pericos parecían anunciar un buen verano. Era tiempo de volver a engrasar la cadena de la bici y ajustarle los frenos. De pedalear por los caminos de tierra ; lejos de cualquier apuro, sin aspiraciones y sin una idea de futuro●
 
 
 
Rocky III was specifically written for té de reina by Costarican poet and visual artist Jeymer Gamboa in 2013. His first collection of poems Dias Ordinarios was published in 2010 when he was awarded the 2010 Emilio Prados international poetry prize.

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English translation by Elena Arguedas :

Rocky III

The last month of school we played a lot of pool.

After the afternoon recess was over the teachers would head to the bar, yet they wouldn’t let us go home. We had to go with them until class had officially ended. The other students were done for the day, but those of us in the sixth grade had to take support lessons to help us with the Ministry exams.

There was an understanding with Martín, the bar owner, so that we could play pool or foosball for free during those couple of hours.

Martín was about forty years old and was missing his left hand. I was always struck by the agility with which he used his stump. The stump was his real hand, what he used for everything. And I even came to think of the invisibility of that hand as a gift or talent that made him a special bartender. We all knew that he had lost it at the age of three at a town fair, while trying to pick up a firecracker that exploded on the ground. They say there was no trace left of the hand. When Martín leaned on the counter, I would stare at the lines on the stump : they were concentric circles, like those in the trunk of a felled tree.

The name of Martín’s establishment was Los Claveles. It was a bar, a corner store, a billiard parlor, and a dance hall, all in one. He looked after it with the help of his wife and two daughters. A local soccer team also went by that name : Deportivo Los Claveles.

The song that I listened to the most that month was Eye of the Tiger by Survivor and, in second place, Michael Jackson’s Thriller. We played them over and over again in the jukebox. For twenty cents you could choose four songs, but we always chose the same ones. There wasn’t much to pick from ; most records were in Spanish, and we wanted to listen to music in English, even if we didn’t understand a word. The bartender, the two teachers, and the few customers that were there at that hour—Chico, Marcial, Tinaja—were sick of listening to the music of Rocky.

In those days, there was only one telephone in the whole town, on top of the store’s counter. It was a rotary dial phone, olive green in color. Luz, Martín’s wife, answered the calls and announced them at the top of her lungs. There was a wood and glass booth near the entrance with another green phone, where people took the calls. Across from it was the foosball table, which provoked heated arguments due to the players’ racket and the constant blows to the cabin’s glass. Next to the phone on the counter there were two notebooks : one for messages and one for credit.

The best pool player was Chisco. On the last pages of his life notebook he had drawn a table with the names of our female classmates—in it he would write down the number of times he had managed to see their panties, along with their respective colors.

Some girls would come inside with us to play while others preferred to hang out in the park and chat. It was November, but we were already enjoying the trade winds, the summer sun, and the happiness of the imminent school vacation. A month before, a hurricane had earthed over the roads, swept the bridges, and destroyed the crops, but now everything was calm, and in the yards the clothes dried quickly and were covered with insects again. The town hall had sent a bulldozer to clear the landslides. The cicadas and the flocks of parakeets seemed to announce a good summer. It was time to oil the bike chain and adjust the brakes once more. To pedal down the dirt roads, far from any haste, with no aspirations nor any idea of the future.